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martes, 10 de julio de 2012

Reseña sobre el Castillo Forga o "Casa "Blanca"

Construido en 1908, el Castillo de Mollendo conocido en sus mejores épocas como "la casa blanca", pasó de ser propiedad privada de la familia Forga a comienzos del siglo XX, a manos del Estado. Hoy se desmorona y si nadie toma la iniciativa de recuperarlo, pronto desaparecerá del paisaje mollendino.

Miguel Forga Barnack, inmigrante español, hizo fortuna con lana de alpaca a inicios del siglo XX. Refieren los viejos habitantes de Mollendo que al Castillo Forga llegaban en barco ministros y embajadores, y alguna vez las hijas del presidente Leguía, a hospedarse y pasar fastuosos días veraniegos frente al mar. Las comidas procedían del hotel "Bolívar", y las orquestas integradas por negritos -al decir de los aristócratas- también venían de la capital. En coche especial del tren, llegaba igualmente la más selecta sociedad arequipeña. El pueblo compuesto por cobrizos pescadores y estibadores, de modestas casitas de madera y calamina, con buen sentido del humor, apodaba a la imponente mansión, levantada a la distancia y sobre un macizo peñón frente a un mar de olas montañosas, "la casa blanca", por el color de piel de sus huéspedes.

Tan bella residencia de aires palaciegos fue fruto en realidad de la bonanza que trajo al sur la exportación de la lana de alpaca en los inicios del siglo XX. En efecto, Miguel Forga Barnack, un inmigrante español afincado en Arequipa, hizo la América comprando esta materia prima, a la que con sentido pionero abrió mercado en Europa. A su muerte, su hijo José Miguel heredó el negocio exportador y quiso tener la más original residencia de descanso frente al océano. Mollendo era, por entonces, obligado puerto de Arequipa y lugar terminal del ferrocarril del sur.

La obra, de diseño ecléctico, porque hay una fusión de estilos, fue inspirada y realizada por Alberto Cornejo Iriarte, un notable arquitecto arequipeño graduado en España y autor de varias obras monumentales que aún perduran en la ciudad del Misti. Comenzó a construirse en 1908 y posiblemente dos años después estuvo concluida.

Pero el tiempo transcurre, mucha historia pasa respecto a su propiedad. Los Forga entraron en dificultades económicas y el castillo terminó en poder del Estado. Algún tiempo sirvió de cuartel militar y luego, en pasaje no muy esclarecido, bajo el segundo gobierno de Manuel Prado, asumió su propiedad el arzobispo Leonardo Rodríguez Ballón. El clásico chismorreo arequipeño siempre ha querido encontrarle relación a este hecho con la nulidad del matrimonio religioso que obtuvo Prado desde el Vaticano para contraer segundas nupcias.

Ya en la década del sesenta se cometió la atrocidad de construirle como vecino un moderno edificio para monasterio de monjas que contrasta con sus líneas semejantes al medioevo, restándole majestuosidad. El monasterio ya no existe y el edificio nuevo -en este caso Dios sabe lo que hace- también está en ruinas. Hoy se encuentra el llamado Castillo Forga en total abandono y ruinoso estado, casi a punto de venirse abajo por las reiteradas fracturas de sus techos y paredes, agravadas por el sismo del 2001 que asoló la región.

Más que la acción de la naturaleza, sin embargo, el mayor deterioro en los últimos tiempos viene siendo cometido por pillos que primero desaparecieron puertas, ventanas, escaleras y baños y lavatorios, y últimamente pisos y hasta paredes en la creencia que, como en los cuentos y leyendas literarias, van a encontrar tesoros. Últimamente han comenzado a levantarse el puente de acceso que permite el paso sobre la vía del tren. Supuestamente la ley lo ampara porque está registrado como Monumento Histórico Nacional, al igual que otras tres mansiones con forma de castillo existentes en la costa peruana: el Unanue de Cañete, Rospigliosi en Santa Beatriz de Lima y el Chancay, que por cierto han corrido mejor suerte. Quien no lo ampara es el Congreso, donde no ha prosperado una ley de expropiación de esta abandonada propiedad privada, y el INC., del cual no se conoce siquiera alguna gestión eficaz de su parte para detener, vía protección policial, la barbarie humana de su destrucción.

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